En esta sección de la página web de ATHEG se pondrán exponer todas aquellas opiniones, comentarios, experiencias personales, etc., que se reciban a través del correo electrónico de la asociación, que sean enviadas por asociados o simpatizantes y que se ciñan al tema de la donación, del trasplante o patologías hepáticas en general. Todas las opiniones o comentarios recibidos serán supervisados por la Junta Directiva y una vez obtenido el visto bueno de la misma, y siempre que el espacio lo permita, se colgarán en esta sección.

 

 

COLORES NUEVOS EN DÍAS CLAROS

En algún lugar, en cualquier parte, una persona murió, muere o va a morir. El acto brutal de la muerte, ya sea por un accidente o bien por una enfermedad incurable, es siempre una tragedia para quien la sufre. Bueno, quien pierde la vida en realidad ha dejado de sufrir en ese mismo momento y es su entorno más directo, la familia, la que ha de afrontar una tragedia no por esperada menos desconsoladora.

En ese momento, en un hospital se inicia por personal cualificado una lucha contrarreloj para intentar que esa familia, hundida y destrozada física y moralmente, dé un ejemplo de generosidad y autorice que los órganos del familiar muerto sean donados. Unos se lo piensan, reflexionan y se niegan a dar su consentimiento, pero esto no es moralmente reprobable. Allá cada uno con sus creencias y voluntades. Por el contrario, otros, cada vez más, ni lo piensan. No lo necesitan, lo han asumido desde antes de la muerte del familiar o del amigo y deciden no sólo donar un órgano, sino todo lo que pueda servir para mejorar la calidad de vida de otra persona y salvarla de una muerte segura y anunciada. Para los creyentes que son incrédulos en este asunto baste recordar que “donar los propios órganos es un gesto de amor moralmente lícito siempre que sea un acto libre y espontáneo”. Son palabras del entonces cardenal Joseph Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI, sobre la línea mantenida por la Iglesia en ese sentido.

La diferencia entre un sí y un no a la donación depende de una sola palabra y, por eso mismo, una vida pende de dos letras. ¡Es tan difícil ponerse en el lugar del otro! De quien padece la incertidumbre de no saber si podrá llegar con vida al día siguiente. De modo que sólo esas dos letras, una ‘s' y una ‘i', conllevan una ilusionante esperanza de vida, aunque para ello otra persona haya tenido que perder la suya. Seguro que nadie va a contar si llegamos del ‘viaje' con uno o varios órganos menos, porque lo único que importa es el alma de cada uno y ésta ni se puede donar ni se puede arrebatar.

Si ‘los otros' pudieran acercarse a la impotencia con la que vive alguien que está a la espera de un transplante de órganos, la balanza de los que han de dar su consentimiento al acto de la donación se inclinaría sin duda a favor de los del sí. No es sólo que una persona sufra, pues cada uno aunque no esté enfermo lleva su cruz por muy distintas circunstancias. Es que cuando uno está en una lista de espera (y no precisamente para que le quiten una uña) la vida deja de tener sentido porque cree que el umbral de la muerte está más cerca y ya nada merece la pena. Se convierte en un pesimista, que “es aquel que cuando puede escoger entre dos males, elige ambos”.

Uno, en ese tiempo de espera de un órgano, se vuelve egoísta, taciturno, soberbio, irascible, iracundo y detestable. Pero no os creáis que quien más sufre es el enfermo (aunque éste así lo crea de forma casi paranoica). Ni muchos menos. Quien más sufre son los seres más queridos, y los primeros, por supuesto, la familia: esposa, hijos y padres, por este orden. Son los que viven con uno y los que soportan las crueldades del enfermo. Sí, puesto que el enfermo se vuelve cruel contra sí mismo y, por omisión, contra los que le rodean a diario.

El que espera una donación de un órgano vital pierde la noción de la realidad. El temor a una muerte cierta le hace preocuparse por todo, discutir por naderías, cabrearse por nimiedades. Le preocupa su futuro y, puesto que como él piensa que no lo va a tener, no hace más que darle vueltas a cuál será la mejor solución para dejar bien a su familia, para que no tenga problemas de ningún tipo. Deja de tener un futuro concreto, que es aquel que construimos con los perfiles de un presente cómodo y seguro. El mañana no existe, le desquicia el hoy. Cree que todo el dinero del mundo es poco para sus hijos. Piensa que no ha hecho lo suficiente en la vida, que en su trabajo ha sido una nulidad (tanto trabajar para nada), que los amigos no existen, que la felicidad es una mierda, que la sociedad en la que vivimos es basura. Y uno llora en silencio por las noches, las mismas que han llorado también su mujer y sus hijos. En suma, nos invade un miedo tan real como humano.

En todo este desconcierto, el que espera la donación de un órgano se obsesiona con la muerte. Tanto, tanto que desea con vehemencia que llegue cuanto antes, ya que una vida así, concluye en su ego trastornado, no merece la pena vivirla. Duerme poco y mal, gruñe más que habla, se irrita por cualquier tontería, crea enemigos invisibles, se autolesiona mentalmente y mantiene en un sinvivir a los que le rodean. Se convierte a su pesar en un solitario, no quiere a nadie y menos a sí mismo. La enfermedad daña el hígado o el riñón o el corazón pero desquicia el cerebro. Su cara es el dibujo perfecto de la angustia. Y todo eso se acrecienta y multiplica cuando pasan los meses y no llega el órgano deseado. Es una especie de angustia y de ansiedad a la vez. La vida pendiente las veinticuatro horas de un teléfono móvil. Uno llega a estar tan fuera de sí que le da igual seguir o no en este mundo. Sobrevive a su pesar. Sin embargo, alguna luz se debe encender en los más negro de su cabeza para pensar en los suyos y, consciente o inconscientemente, se repite una y otra vez: “tengo que seguir adelante, tengo que vivir”.

No obstante, superados esos insoportables momentos, días, semanas, meses de asfixiante espera y desesperación, al final siempre llega la llamada esperada del hospital. Alguien, en alguna parte, en alguna ciudad o pueblo, ha decidido que un órgano pueda ser donado. La irremediable muerte de una persona, tras el necesario consentimiento familiar, va a permitir a otra una posibilidad de vida. Y ese acto de anónima y suprema generosidad es en sí la donación. Un sí son sólo dos letras y una palabra, pero imprescindibles para tejer de ese hilo la esperanza

Por eso, cuando a uno le pregunten ¿está dispuesto a donar los órganos de la persona fallecida?, un sí es la única respuesta que puede dar esperanza de vida. Ustedes deciden. Se trata de salir de un túnel negro en el que se sueña con volver a ver la luz, porque como dice la letra de Chambao en su ‘Pokito a poko': “volveré pa contarte que he soñao colores nuevos en días claros”. Ánimo, con esa idea tenemos que resistir.

Javier Fuentes.

Periodista.Miembro de la Asociación de Transplantados Hepáticos de Granada (ATHEG).

Servicio Andaluz de SaludFederación Nacional de Enfermos y Trasplantados Hepáticos
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